El final del Evangelio de Marcos

 El final del evangelio de Marcos, en concreto los versículos del 9 al final del capítulo 16, constituyen un pequeño misterio. En realidad, hoy apenas cabe duda  de que el evangelista Marcos no escribió nada de lo que sigue después de 16,8. Al respecto, en la nota a pie de página de la Biblia de Jerusalén podemos leer lo siguiente: 

    «El final de Marcos vv 9-20, forma parte de las Escrituras inspiradas; es considerado como canónico. Esto no significa necesariamente que haya sido redactado por Marcos. De hecho, se pone en duda su pertenencia a la redacción del segundo evangelio …» 

    Lo que sucede es que este final «largo» de Marcos, si bien se encuentra en el noventa y nueve por ciento de los manuscritos griegos, en cambio, no figura en los manuscritos  griegos más antiguos que se conservan de este evangelio ( que son el códice vaticano y el códice sinaítico); además, en otros manuscritos aparece un final distinto. 

    Dejando a un lado el papiro 7Q5, del que se ha hablado en la página anterior, el papiro más antiguo que conserva buena parte del evangelio de Marcos es el papiro P45, datado a comienzos del siglo III. Sin embargo, en este papiro en formato de códice no se  conserva todo el evangelio, pues sólo contiene  del capítulo 4 hasta el capítulo 12, versículo 28. Por tanto, este papiro no resuelve el problema. 

    De comienzos del siglo IV datan los dos códices más importantes que contienen el Nuevo Testamento. Se trata del códice vaticano y de códice sinaítico. En estos dos códices el evangelio de Marcos  concluye en Mc 16.8, y no figuran los versículos del 9 al 19. 

    En otros manuscritos, aparece un final corto del evangelio de Marcos. Así, tras el versículo 8 se concluye el evangelio del siguiente modo: 

«Ellas refirieron brevemente a los compañeros de Pedro lo que se les había anunciado. Luego, el mismo Jesús hizo que ellos llevaran desde oriente hasta poniente el mensaje sagrado e incorruptible de la salvación eterna». 

Y todavía existe algún otro manuscrito, como el códice washingtoniano, que después del final largo que conocemos añade otro largo fragmento final.

 ¿Cómo se explica todo esto? Todo apunta a que el manuscrito del del evangelio de Marcos que se conservó (y que fue utilizado para las copias sucesivas) acababa con el versículo 8 del capítulo 16. Las mujeres van al sepulcro, donde no encuentran a Jesús, sino a un ángel que les dice que Jesús ha resucitado y que ordena a las mujeres que transmitan a Pedro y a los discípulos el mensaje de que verán a Jesús resucitado en Galilea. Tras esto, el evangelio concluiría diciendo lo siguiente: 

    «Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas, y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo». 

    ¿Hubo otro final del evangelio de Marcos que se perdió? Los especialistas se dividen. Las posturas son estas: 

  • Hubo un final del evangelio original, en el que se contaban algunas apariciones, como en Mateo y Lucas, pero ese final se perdió. Esta posibilidad no ha de descartarse. Es casi seguro que las primeras ediciones del evangelio de Marcos se escribieran en el formato de rollo. El principio y el final de un rollo manuscrito eran siempre vulnerables. Incluso los rollos que se conservan casi íntegramente están dañados, en muchas ocasiones, en ambos extremos. N.T. Wright (La resurrección del Hijo de Dios, Verbo Divino, 2008) ha defendido recientemente la existencia de un final perdido del evangelio de Marcos. Según este autor, existen buenas razones, dentro de la estructura del evangelio de Marcos, para suponer que el autor pretendía dar a su obra un final más detallado y completo, que incluyera relatos de la resurrección. ¿Cuál sería el contenido de ese final perdido? Si el evangelio de Mateo ha estado siguiendo a Marcos muy de cerca hasta este punto, resulta razonable deducir que continuara haciendo lo mismo y que en Mateo 28, 9-20 tengamos un esquema de lo que Marcos 16 podría haber dicho.

  • Marcos no tuvo tiempo de concluir el evangelio e interrumpió bruscamente la redacción en este punto.

  • Marcos quiso finalizar su evangelio precisamente de ese modo. 

    En todo caso lo que parece claro es que, ya desde comienzos del siglo II, se consideró poco satisfactorio un final tan brusco, por lo que para llenar la laguna se redactó el final que conocemos, tomando datos de los otros evangelios. Este añadido debió efectuarse muy tempranamente, pues el final actual ya fue conocido desde el siglo II por Taciano y San Ireneo, y se encuentra, como hemos dicho, en la inmensa mayoría de manuscritos. No es descabellado que existiera una tradición oral del final perdido del evangelio de Marcos, lo que dio lugar (al comprobarse que se había perdido esa parte del texto) a que luego se compusiera por otra persona el final que ahora conocemos.

     Como ya se ha dicho al principio, los versículos del 9 al final  del capítulo 16 de Marcos son considerados canónicos y, por tanto, inspirados. 

    En cualquier caso, y aunque no hubiera existido ese final perdido del evangelio de Marcos y, este evangelista Marcos querido concluir su relato en el versículo 8, de un modo un tanto brusco, ello tendría también un hondo significado para el lector actual.   Según ha dicho David Rhoads, Joanna Dewet y Donald Michie en  su libro «Marcos como  relato» (Editorial Sigueme, 2002). Con este final todo queda en el aire, sin resolver, pidiendo a a gritos la esperanza de que alguien proclame la buena noticia. ¿Quién queda al final del relato para hacer eso? No es Jesús. No son los discípulos. No son las mujeres que huyeron del sepulcro. ¡Sólo los lectores quedan para completar el relato!    De este modo, con el final del evangelio de Marcos en el versículo 8, son los lectores los llamados a completar el relato. Sólo los lectores han permanecido fieles hasta el final y ahora tienen que elegir entre huir con las mujeres o predicar audazmente a pesar del miedo y la muerte. Al final, los lectores ideales ( o sea, también nosotros) nos vemos interpelados a comprometernos, en ausencia de Jesús, a vivir una vida como Jesús vivió, por la fe en Dios, hasta que Jesús vuelva; a proclamar por todas partes, a los cuatro vientos, sin miedo alguno, la buena noticia de Jesús, el enviado de Dios y salvador nuestro.