Reflexión teológica ante la pandemia del Covid-19. ¿Por qué Dios lo permite?

La pandemia del Covid-19, ocasionada por el coronavirus Sars-Cov-2, provoca en nuestro corazón un grito de angustia que se eleva por toda la tierra.

¿Por qué permite Dios esta epidemia? ¿Por qué ha creado este virus que causa tanto dolor y muerte? ¿Es un castigo? ¿Dónde está Dios?

En estos tiempos de calamidad, algunos fieles acuden a la intercesión de Santos o Vírgenes para que, por su mediación, Dios intervenga y frene la expansión del virus. Esta actitud parece presuponer que Dios puede hacerlo y que quizá lo hará si nosotros insistimos con mucha fe. Pero, si Dios puede evitar esa desgracia, ¿por qué no lo hizo antes? ¿Es que Dios necesita que nosotros lo convenzamos para que haga algo? 

La pandemia del Covid-19 nos ha despertado bruscamente de nuestro delirio de omnipotencia. Ha bastado el más pequeño e insignificante elemento de la naturaleza, un virus, para recordarnos que somos mortales y que todos nuestros conocimientos, toda nuestra tecnología, todos nuestros avances médicos, no bastan para salvarnos. Este virus ha puesto en evidencia a nuestra orgullosa civilización.

No es Dios el que nos castiga con el virus. No es Dios el que nos lo envía como si fuera un castigo divino por los pecados de la humanidad. Al contrario. Dios es nuestro aliado, no el aliado del virus. Dios sufre hoy con este flagelo que ha caído sobre la humanidad. Dios participa en nuestro dolor para vencerlo.

Dios no suscita los males naturales, los terremotos, las pestes. Él ha dado también a la naturaleza una especie de libertad, cualitativamente diferente, sin duda, de la libertad moral del hombre, pero siempre una forma de libertad. Libertad de evolucionar según sus leyes de desarrollo. No ha creado el mundo como un reloj programado con antelación en cualquier mínimo movimiento.

¿Por qué Dios permite el dolor que produce este virus?

La creación es algo distinto a Dios. La creación es, por esencia, limitada e imperfecta; porque no es Dios. Existe, por lo tanto, una imperfección original de la creación, porque  por esencia es finita y limitada. Cualquier mundo posible, al ser necesariamente finito, está expuesto al fallo, al choque, al conflicto, al mal, a las enfermedades, a la muerte. Un mundo finito-perfecto sería una contradicción. La finitud en sí misa es incompatible con la perfección plena y la exclusión de todo mal. La finitud no es el mal. Es tan solo su condición de posibilidad. Condición que hace inevitable su aparición en algún punto o momento.

Dios, de algún modo, quiso limitarse a sí mismo al crear un mundo necesitado de desarrollo. Dios está presente en lo más íntimo de cada cosa, pero sin condicionar la autonomía de su criatura. Dios crea un mundo que sólo está en camino hacia su perfección última. Esto implica la presencia actual de la imperfección y del mal físico. Es inevitable esa primera fase de desarmonía en la creación.

Dios crea a través de mutaciones genéticas y selección natural en un universo autónomo y en evolución. El efecto de la presencia creadora de Dios en las criaturas consiste en darles la capacidad de transformarse en algo nuevo, en trascenderse de sí mismas. Dios, a través de su Espíritu, potencia las criaturas para emerger en algo nuevo mediante las leyes de la naturaleza y los procesos tratados en las ciencias naturales. La providencia de Dios, respetando la autonomía de la creación, va dirigiendo la evolución hasta la aparición del hombre.

No es que Dios “no pueda” crear y mantener un mundo sin mal (sin terremotos, sin enfermedades), sino sencillamente que eso no es posible. Dada su decisión de crear, no es posible que Dios evite estas consecuencias en la criatura.

Dios, al crear, se limita a sí mismo y permite que surja un universo autónomo. Deja espacio a la naturaleza y a la libertad y autonomía humanas.

La biología evolutiva nos ha demostrado que la emergencia de la vida tiene costos incorporados en el proceso: depredación, dolor, enfermedad y muerte. Son parte del desarrollo evolutivo de la vida.

Pero el amor de Dios hace que no pueda conformarse con esa situación. Dios nos ha creado por amor con el único fin de hacernos partícipes de su felicidad. Para que Dios nos salve tenemos que existir. Y solo podíamos existir como seres finitos que se realizan ellos mismos en libertad en un universo autónomo y en evolución.

El sufrimiento que inevitablemente deriva de todo ello para la creación lo comparte Dios. Y Dios se compadece insertándose en la creación, haciéndose partícipe de ella a través de la encarnación. A través de Jesucristo Dios se dispone a “rescatar” por amor toda la creación.

La diferencia entre la perfección esencial de Dios y la imperfección esencial del mundo implica un cierto desamparo y caos en él. Las enfermedades como la del Covid-19 son una muestra de ello.

El virus que provoca la enfermedad de Covid-19 existe porque también los virus forman parte del mundo finito y en evolución. El freno a este virus depende del descubrimiento de la vacuna necesaria, y eso es obra y responsabilidad del hombre y no de Dios. Dios no interviene como un «gran mago» que desde el «cielo» interviene con una varita mágica para interrumpir el curso de las leyes de la naturaleza y evitar así el sufrimiento de los hombres.

La respuesta de Dios es otra. Dios oye el gemido de la creación. La abraza en la encarnación y la cruz de Cristo, y en su resurrección promete su liberación y consumación. Dios se preocupa apasionadamente de su creación y sufre con ella en su lamento.  

Dios llora y sufre por las muertes y el dolor ocasionado por el Covid-19, como un padre o una madre.

Este mundo le produje congoja a Dios, que en el Hijo se dirige al mundo doliente. En la cruz y resurrección de Cristo se expresa la sentida solidaridad de Dios con todo el sufrimiento del mundo.

Pero, si Dios piensa exclusivamente en el bien del hombre y al final va a darle la felicidad plena, ¿por qué no lo hace ya desde el principio, ahorrándole los sufrimientos, como los que ahora nos provoca esta pandemia? Porque la mediación del tiempo y su pedagogía es necesaria en la constitución de la realidad finita. Sin la diferencia del tiempo respecto de la eternidad no sería pensable el proceso de formación de una criatura autoconsciente y centrada en sí misma, como es el hombre. El tiempo de la historia (con sus enfermedades, con el sufrimiento y la muerte) no es una opción de Dios, que podría habernos creado felices, pero no quiso. Es una necesidad intrínseca de nuestra condición de seres finitos. Si Dios, creándonos por amor, y por tanto exclusivamente para nuestra felicidad, no nos ha creado ya completamente felices es sencillamente porque eso no es posible. El carácter dinámico de la libertad impone la necesidad de que se construya a sí misma a través de una historia inevitablemente expuesta al fallo y a la deficiencia, pero abierta a la plenitud. En la vida eterna, la criatura, fuera de los límites del espacio y tiempo, puede participar con la fuerza de la infinidad de Dios que, pese a su condición de criatura finita, resulta ya libre del mal.

La cruz y la resurrección de Cristo cambian de modo radical el sentido último del sufrimiento y de la muerte, que ahora se iluminan con la esperanza de la vida eterna. En esa esperanza encontramos la respuesta cristiana al sufrimiento y la muerte producido por el virus que provoca la enfermedad del Covid-19.

Es necesario, pues, dejar de cargar a Dios con la responsabilidad de frenar este mal que azota hoy a la humanidad. Ni Dios envía sufrimientos al mundo ni, estrictamente hablando, los permite, puesto que esto último supone creer que, pudiendo evitarlos, no los hace. Dios está sufriendo en y con los que están padeciendo esta enfermedad y también está salvando con y a través de todos aquellos (en particular el personal sanitario) que están arriesgando sus vidas para que otros vivan.